Nota de contexto: esta pieza resume un documento histórico. Las declaraciones de quienes trabajaron con la investigadora fueron parafraseadas y no se presentan como citas textuales.
Eugenia Sacerdote de Lustig ocupa un lugar destacado en la historia de la ciencia argentina. Nacida en Italia y formada en medicina en Turín, impulsó el estudio de cultivos celulares y contribuyó al desarrollo de modelos experimentales para investigar enfermedades, tratamientos y procesos biológicos.
La semblanza original apareció poco después de su fallecimiento, ocurrido el 27 de noviembre de 2011, cuando tenía 101 años. El texto recuperaba los recuerdos de dos investigadores que habían trabajado con ella y que subrayaban su conocimiento, curiosidad, capacidad docente y constancia ante condiciones institucionales difíciles.
Formación, exilio y llegada a la Argentina
Sacerdote de Lustig estudió medicina en la Universidad de Turín junto con su prima y amiga Rita Levi-Montalcini. Ambas ingresaron en una época en la que las mujeres eran una minoría excepcional en esas aulas y tuvieron que enfrentar resistencias familiares y académicas. Durante su formación, Sacerdote de Lustig comenzó a investigar bajo la orientación del neurobiólogo Giuseppe Levi y se familiarizó con los cultivos celulares.
Las leyes antisemitas del régimen de Benito Mussolini le impidieron continuar trabajando en Italia. Emigró a la Argentina en 1939 y estableció vínculos académicos con Eduardo de Robertis y Bernardo Houssay en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Sus primeros años en el país estuvieron marcados por recursos limitados y por una valoración todavía incipiente de su especialidad.
Una pionera de los cultivos celulares
Su dominio técnico le permitió cultivar células humanas, incluidas células hepáticas, una tarea compleja y poco extendida en aquel momento. Con el tiempo desarrolló y perfeccionó métodos para trabajar con células normales y tumorales, lo que proporcionó modelos destinados a estudiar el crecimiento de tejidos y los efectos de diferentes compuestos.
Tras cambios políticos que afectaron a la universidad, continuó su trayectoria junto con equipos de instituciones sanitarias y oncológicas. En el ámbito del Instituto de Oncología Ángel H. Roffo consolidó un grupo dedicado a la investigación del cáncer e ingresó como investigadora al CONICET. Allí desarrolló buena parte de su carrera y formó a nuevas generaciones de especialistas.
La nota de 2011 también destacaba su participación en la evaluación que favoreció la aplicación de la vacuna Salk contra la poliomielitis en la Argentina en 1959. Ese episodio reflejó su capacidad para trasladar conocimientos y observaciones de laboratorio a decisiones relevantes para la salud pública.
Enseñar en condiciones adversas
Quienes compartieron tareas con ella recordaban que la investigación celular exigía materiales costosos. Ante presupuestos insuficientes, Sacerdote de Lustig adaptó procedimientos y buscó alternativas austeras para sostener el trabajo experimental sin abandonar el rigor.
Israel Algranati colaboró con su grupo durante la década de 1980 en estudios sobre factores relacionados con el crecimiento de tejidos tumorales. Su testimonio, recogido por la publicación original, resaltaba el interés permanente de la científica por comprender los fenómenos biológicos, además de su sencillez y disposición para enseñar.
Luis Quesada Allué, que había trabajado con ella años antes, recordaba una investigadora de referencia que debió sortear prejuicios por su condición de mujer, su identidad judía y sus convicciones democráticas. Según la reconstrucción de la época, esas barreras se expresaron en un reconocimiento tardío y en dificultades reiteradas para obtener los recursos que requería su equipo.
Un legado científico y humano
La importancia de su trayectoria no se limita a una técnica específica. Sacerdote de Lustig articuló formación médica, investigación básica, oncología experimental y salud pública. Al mismo tiempo, mantuvo una tarea docente que multiplicó conocimientos en laboratorios argentinos.
Su biografía permite observar cómo el exilio europeo enriqueció la ciencia local y, también, cómo las instituciones científicas reprodujeron desigualdades que demoraron el reconocimiento de numerosas investigadoras. La memoria de su trabajo ofrece una referencia para pensar la relación entre ciencia, democracia, acceso a recursos e igualdad de oportunidades.