En marzo de 2026, una sucesión de homicidios de mujeres y adolescentes volvió a colocar en el centro del debate público la forma en que los medios describían a las víctimas. El texto de época observaba una constante: muchas de las investigaciones apuntaban a personas conocidas o pertenecientes al entorno próximo, mientras parte de la cobertura insistía en analizar la ropa, los hábitos y la vida personal de las jóvenes.
La nota tomaba como punto de partida varios casos ocurridos en Argentina y la región. Entre ellos se encontraban los de Ángeles Rawson, Andrea Castana, Daiana García, Noelia Akrap, Romina, Candela Rodríguez, Melina Romero y Lola Chomnalez. Cada investigación tenía circunstancias diferentes, pero su presentación pública compartía con frecuencia una pregunta equivocada: qué había hecho o cómo se había mostrado la víctima antes del hecho.
El problema de convertir la ropa en explicación
Una especialista consultada para la pieza de 2026 sostenía que la vestimenta no provoca una agresión. La interpretación de una fotografía depende de los prejuicios de quien la mira y no constituye una prueba sobre las decisiones, intenciones o conducta de la persona retratada.
La discusión surgió cuando un medio difundió una imagen de Daiana García durante su búsqueda y destacó cómo estaba vestida. La publicación produjo numerosos mensajes que juzgaban su apariencia, ponían en duda la entrevista laboral a la que se dirigía y anticipaban desenlaces violentos. Esos comentarios, reproducidos originalmente de manera literal, se omiten aquí porque incluían insultos y descripciones degradantes. Su sentido general era responsabilizar a la joven por la violencia que pudiera sufrir.
El mecanismo resulta doblemente dañino: desvía la atención de quien ejerce la violencia y presenta el cuerpo de la víctima como una explicación causal. Además, introduce una falsa regla de respetabilidad según la cual determinadas personas merecerían más cuidado público que otras.
La ropa, la actividad social, el trabajo, la clase, el uso de internet o los antecedentes personales no reducen la responsabilidad de un agresor ni justifican el maltrato hacia una víctima.
Dos perfiles mediáticos, dos formas de empatía
La nota comparaba la cobertura de Melina Romero, de 17 años, con la de Lola Chomnalez, de 15. Sobre Melina, algunos artículos subrayaron que concurría a espacios nocturnos, había dejado la escuela y llevaba perforaciones corporales. Ese perfil construía una vida supuestamente desordenada y convertía decisiones personales en insinuaciones sobre su destino.
En el caso de Lola, en cambio, predominaron imágenes y descripciones que despertaban una empatía inmediata. La especialista atribuía esa diferencia, en parte, a prejuicios de clase. El contraste no debía resolverse reduciendo la humanidad de una u otra adolescente, sino reconociendo que ambas merecían el mismo tratamiento respetuoso.
La comparación mostraba que los medios no se limitan a enumerar hechos. También seleccionan fotografías, rasgos y antecedentes que orientan la reacción de la audiencia. Cuando esa selección divide a las víctimas entre aceptables y cuestionables, la cobertura puede reforzar la culpabilización.
Las redes no equivalen a conocer a una persona
Otro eje del documento era la confianza excesiva en los perfiles digitales. Fotografías, lugares visitados y publicaciones cotidianas producen una sensación de familiaridad, pero no permiten comprender por completo la vida, las relaciones o las decisiones de otra persona.
En 2026, las plataformas ya funcionaban como fuente habitual para construir perfiles periodísticos. El artículo advertía que presentar esas huellas como una biografía concluyente podía generar interpretaciones injustas, especialmente cuando se trataba de adolescentes. Una imagen elegida fuera de contexto podía convertirse rápidamente en argumento para juzgar a alguien que no estaba en condiciones de responder.
Estereotipos, consumo y adolescencia
La pieza también señalaba una contradicción cultural. La publicidad y el entretenimiento promovían modelos de feminidad asociados con la delgadez, la exposición del cuerpo y determinadas modas. Sin embargo, cuando una joven sufría violencia, esos mismos códigos eran empleados para cuestionar su conducta.
El texto planteaba que niñas y adolescentes necesitan acompañamiento adulto para reconocer riesgos, tanto en espacios presenciales como digitales. Ese cuidado no debe transformarse en vigilancia culpabilizadora. Su objetivo es brindar herramientas, sostener conversaciones claras y garantizar que la responsabilidad permanezca donde corresponde: en quien agrede.
Una pauta editorial que sigue siendo necesaria
Leída como documento histórico, la nota permite identificar prácticas que una cobertura responsable debe evitar: convertir la apariencia en noticia, exponer datos privados sin necesidad, utilizar perfiles digitales como diagnóstico, jerarquizar víctimas según su clase social y abrir espacios que amplifiquen mensajes degradantes.
Informar con perspectiva de derechos exige preservar la dignidad, distinguir hechos de prejuicios y evitar preguntas que sugieran que una persona provocó la violencia recibida. También implica describir con prudencia los casos en investigación y no presentar sospechas o versiones iniciales como conclusiones definitivas.
Argentina Press presenta una paráfrasis editorial del material histórico. No reproduce las declaraciones de la entrevista ni los mensajes ofensivos citados en el documento original.