
Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info)
Las ilusiones sobre Obama son alimentadas por quienes entienden la necesidad de insuflar optimismo en la población estadounidense tras la pesadilla de la administración Bush: dos guerras sin perspectivas de triunfo, una crisis económica de dimensiones incalculables y un grado de desprestigio internacional tan solo comparable al de Israel. Unas ilusiones que hacen carrera porque se adjudica al gobierno una capacidad que está lejos de tener y porque se desconocen los mecanismos mediante los cuales el poder real –es decir, el capital- impone las decisiones importantes.
Obama y su equipo pueden sin duda emprender iniciativas destacables pero siempre dentro de los límites que imponen los intereses del gran capital y la misión imperialista que ha asumido su país desde siempre. Estos factores objetivos de poder- que apenas se mencionan- impedirán en unos casos y debilitarán en otros la realización de las muchas promesas con que Obama ha ilusionado a propios y extraños.
Para comenzar, el sector financiero, Wall Street, los tiburones de las finanzas y la especulación ya dieron el primer mordisco letal a los planes de emergencia. Bush los propuso y demócratas y republicanos los aprobaron (con la destacada participación del propio Obama). Cantidades astronómicas del dinero de los contribuyentes han fluido a las arcas de los mismos que provocaron el colapso actual. Nada indica que se van a quedar de brazos cruzados si la nueva administración intenta siquiera meterles en cintura; tampoco hay indicios de tales intenciones por parte del nuevo presidente.
Y ¿Qué decir de los traficantes de la guerra? ¿Qué se puede esperar del llamado “complejo militar-industrial” que está obteniendo ganancias fabulosas con los conflictos bélicos en curso?. Están presentes en casi todos los Estados de la Unión sirviendo de “motores” de la economía local, un argumento de peso que les permite tener una enorme influencia política en senadores y representantes. Obama tendrá que garantizarles pedidos suficientes para alimentar ese llamado “keynesianismo de derechas” que convierte al país en una inmensa maquina de guerra, en una economía altamente militarizada y una sociedad sometida al temor frente a un enemigo externo permanente (real o ficticio). El nuevo presidente no podrá desmantelarla, si es que en algún momento eso ha pasado por su mente (no, a juzgar por sus declaraciones). Tiene, no obstante, una oferta generosa para los traficantes de la muerte: la nueva Guerra Fría con Rusia y China o los proyectos bélicos en Afganistán (en donde pretenden resarcirse de la derrota iraquí), en Pakistán o India, y en Latinoamérica, principalmente el conflicto colombiano o la nunca descartada invasión a Venezuela, sin olvidar los dramas africanos, renovado escenario de una competencia feroz en particular con China y Europa por materias primas y mercados.
Destacables son igualmente los intereses del sector de la energía (gas, petróleo, carbón, centrales atómicas, electricidad, etc.) no solo porque financian buena parte de las campañas presidenciales sino porque encuentran siempre un punto de apoyo político abrumador como saqueadores mundiales de materias primas energéticas, cuya importancia creciente nadie pone en duda. Tampoco deben desdeñarse otros gremios de productores que cuentan con inmensas posibilidades de ajustar las políticas públicas a sus beneficios aunque con ello perjudiquen los intereses de la ciudadanía. La gran industria del automóvil, por ejemplo, que ha conspirado siempre para combatir el transporte público o los granjeros multimillonarios (en realidad las corporaciones transnacionales de los alimentos) responsables del deterioro al parecer irreparable de suelos, aguas y otros recursos como resultado del uso desmedido de agroquímico y la especialización extrema que evita la tradicional rotación de cultivos, empobrece la tierra y genera desiertos donde antes hubo praderas.
En las decisiones de Obama y su equipo van a pesar mucho las influencias del poderoso gremio de la construcción así como los representantes de las compañías farmacéuticas y del clan siniestro de los seguros privados de salud. No menos fácil lo tendrá con las empresas francamente mafiosas, en particular los tiburones de la especulación -delincuentes de cuello blanco y de impunidad asegurada- y el hampa de las “empresas contratistas”, realmente huestes de mercenarios como Black Water y similares. Aunque el capitalismo se orienta en lo fundamental por la ética de la ganancia, hacerlo a cualquier precio –algo tan valorado por el utilitarismo neoliberal- no siempre resulta aconsejable para los intereses globales del sistema entre otros motivos porque exacerba las tensiones y puede producir efectos no deseados de incalculables consecuencias. La más temida es por supuesto la revolución social pero para las mentes pensantes del capitalismo lo es igualmente tener que recurrir al fascismo como último recurso cuando el sistema amenaza colapso. Sin duda, los reformadores tienen su papel como lenitivo a los males inevitables del orden burgués. ¿Será Obama uno de esos reformadores? Eso es al menos lo que esperan quienes alimentan desmesuradas ilusiones al respecto. Sería prudente sin embargo considerar las mil ataduras que lo maniatan sin que falte una dosis de realismo. Basta juzgar sus propias declaraciones o sus silencios cómplices. Sobre Palestina, por ejemplo.
El nuevo presidente intentará (a juzgar por su programa) manejar el instrumento fiscal pero sin distanciarse substancialmente de los principios neoliberales de sus predecesores. La reunión de Obama en la Casa Blanca junto a los presidentes vivos que le han antecedido ¿Era un claro mensaje de las verdaderas dimensiones del cambio? ¿Significa que va a primar la continuidad sobre la reforma? Es al menos lo que sugiere el acercamiento a los republicanos y el nombramiento en el nuevo gobierno de figuras claves de la administración de Bush. Por otra parte, los planes de inversión masiva en infraestructura son una necesidad, una medida inaplazable para el mismo funcionamiento normal de una sociedad compleja como la estadounidense y mitigarán algo la dramática situación del desempleo masivo. Menos posibilidades tienen sus proyectos en el campo de la salud y sería ingenuo pensar que Obama vaya a “europeizar” las relaciones laborales cuando Europa hace por su parte tantos esfuerzos por “americanizar” las suyas.
Es posible y hasta necesario para los mismos intereses globales del imperio que con la misma sensatez que se reconoce la derrota en Irak (Informe de la Comisión Baker), los Estados Unidos asuman la realidad latinoamericana y del Caribe, aceptando los procesos de integración, el rol creciente de Brasil, la consolidación de Cuba y su revolución y la impopularidad de las políticas derechistas de los gobiernos “amigos de Washington”. Resulta muy significativo que sus principales aliados en área, Colombia y México, representan precisamente los focos de mayor inestabilidad, violencia y narcotráfico de todo el continente. Con amigos como Uribe y Calderón los Estados Unidos no puede sino cosechar nuevas derrotas.
En pocas palabras, en lo interno el nuevo presidente estadounidense tendría que intentar restablecer equilibrios en el seno de los grupos de poder (afectados por las políticas neoliberales extremas) y satisfacer aunque sea parcialmente las demandas de la sociedad (educación, salud, vivienda); en lo externo, proceder admitiendo que Estados Unidos no puede ir de sheriff por el planeta. Las ilusiones imperialistas del “siglo americano” tendrán que abandonarse o al menos moderarse notoriamente. Sus armas le permiten sin duda destruir un país entero pero la ocupación del mismo se le convierte en un infierno que pone en evidencia sus grandes limitaciones políticas y militares. Se confirma que estamos ante una potencia decadente y sería sano para el mundo que la clase dominante estadounidense lo asumiera. Más le vale.
Foto: Barack Obama presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. / Autor: NYT - INDEPENDENT
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