
Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)
El cambio de régimen o la dimisión del gobierno de Ahmadinejad, que parecieran ser los dos objetivos de las protestas en Irán, es un resabio del plan de intervención externa fomentado por la administración Bush.
La elección se planteó como “un referéndum de la gestión de Ahmadinejad”, señala Ali Azouri corresponsal de MSNCB (EEUU) en Irán. “Las manifestaciones estaban programadas independiente del resultado, la elección fue el pretexto y todo Irán sabía que se avecinaba una tormenta”, informa una fuente iraní.
Con este antecedente, la situación de Irán es el primer gran desafío para la política no intervencionista de la nueva administración en EEUU.
El presidente Obama ha tomado una prudente distancia de los acontecimientos en Irán enfatizando la no violencia y de que “EEUU no se mezcla en los asuntos políticos y electorales de Irán”. “No es bueno para EEUU”, dijo para ser más preciso.
Esta posición ya instigó la crítica, diatriba irracional en algunos casos, de sectores políticos que hubieran preferido una posición más comprometida e involucrada con las protestas.
Los compromisos contraídos por sectores políticos estadounidenses – y de la comunidad europea por alianza- para apoyar un cambio de régimen son de larga data. El diario El País de España habló de un golpe de estado, incitando editorialmente a una posición más resuelta hacia el régimen. ¿Sanciones? ¿Invasión como en Irak? El País y medios importantes europeos estuvieron a favor de la invasión a Irak.
El dictamen convencional del realismo duro señala que las políticas de estado fundamentales en materia internacional no se alteran por los cambios ideológicos en los gobiernos, lo que prima es el interés de estado.
Bajo este punto de vista, si la anterior administración había construido un plan para derrocar el régimen, lo que correspondía era continuar con la misma política de estado, y colaborar con más actitud y visibilidad en el proceso de las protestas.
Lo que está sucediendo es grave porque los reformistas por más que deseen un nuevo gobierno o un nuevo sistema político, la historia no comienza allí. Hay responsabilidades mayores asumidas por Irán un país pivote en la región. Es muy probable que ninguno de los reformadores esté pensando en desintegrar la cohesión administrativa de Irán por el resultado de una violencia insostenible, como le ha sucedido a Irak, Pakistán y Afganistán fragmentado en facciones de poder.
Ahora el problema no es Ahmadinejad, sino Moussavi y su perfil, que no necesariamente proyecta una imagen de consistencia y estabilidad.
El actual jefe de la oposición ha sido comparado con Gandhi por algunos medios en un exabrupto publicitario porque ha sido autor intelectual de masacres condenadas por Amnesty International, revelando al mismo tiempo que es un líder prefabricado.
Moussavi, un ex socialista de línea dura reformado, como Primer Ministro del Ayatollah Khomeini participa en la fundación del régimen, aboga por la supresión de la propiedad privada, y forma parte del grupo que le entrega más poder al líder supremo. Como procurador, se le indica responsable de las ejecuciones de prisioneros políticos en la llamada masacre de 1988. (MEHR. Misión para el Establecimiento de los Derechos Humanos en Irán).
Se transformó en aliado de Ali Rafsanjani, (Ex presidente,1989-1997) y actual cabeza de consejos que dirimen conflictos de poderes al interior del régimen. Es “una alianza extraña” dice M. Amedin en Asia Times, “porque fue Rafsanjani el que lo liquida como Primer Ministro en 1989”. Moussavi quería alterar las bases históricas de la propiedad privada y el libre mercado en Irán, y Rafsanjani se oponía, lo asesina políticamente y ahora lo hace resucitar.
Se ha producido un recambio institucional a partir del fin de la guerra con Irak en 1988 produciendo en Irán 1 millón de víctimas fatales y una deuda de 85 mil millones de dólares (Trager, J. H. Holt. NY. 1992).
Inevitablemente, el anterior poder clerical fue dando paso -no sin una lucha interna- al desarrollo institucional estatal y privado, haciéndose de alguna forma inmanejable con los códigos y aparatos de la revolución islámica. Algunos hablan de una militarización del poder como un gran descubrimiento. Y claro, si el país ha estado en pie de guerra permanente no podría ser diferente.
Además de la genuina oposición a un régimen, es innegable que las manifestaciones también se sustentan en la matriz de intervencionismo que la alianza occidental ha manejado en una zona de disputa con Rusia y China. Es así que cualquier desenlace hay que situarlo en un conflicto más amplio y en las tensiones que el gobierno de Obama precisamente intenta descomprimir.
En la coyuntura, sería contraproducente para la nueva administración en EEUU aparecer incitando un cambio de gobierno o de régimen en Irán que formó parte estelar de la agenda en la administración anterior.
Foto: Irán - Mahmoud Ahmadinejad presidente de la República Islámica de Irán. / Autor: Xu Yanyan - XINHUA
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