1. Así inicia este conflicto estúpido
El actual conflicto entre Costa Rica y Nicaragua empezó cuando se hizo público que un contingente de soldados nicaragüenses, al comando de Edén Pastora (el mediático Comandante Cero) incursionó en territorio de Costa Rica, desalojando del lugar a finqueros de nacionalidad costarricense. De entrada aquello me pareció una acción estúpida por parte de un señor que siempre ha demostrado tener unas ansias terribles de figuración. Bastante lamentable, me dije, pero nada de que sorprenderse siendo Pastora quien estaba de por medio. Imaginé que en el gobierno de Ortega habría la sensatez necesaria para poner en orden las cosas e impedir que el incidente fuera a más. Pequé de ingenuo. El caso es que después el asunto fue enredándose más y más.
Al principio, Pastora justificó sus acciones diciendo que aquello era “tierra de nadie” y que su acción iba orientada a la captura de un grupo de narcotraficantes. Al cabo, parece que estos últimos o no existían o volaron al planeta Saturno.
Días después se hizo público que tropas nicaragüenses se habían acantonado en Isla Calero. Entonces el showman Pastora adujo que en los mapas de Google ese territorio aparecía como parte de Nicaragua. Los personeros de esa empresa se apresuraron a reconocer el error (que ya ha sido corregido) y advirtieron acerca de lo obvio: los mapas de Google, nunca, ni en ningún caso, pueden ser utilizados como referente para decidir una acción militar. Al margen de lo anterior, fuentes del gobierno nicaragüense –incluido el ya mencionado “bufón de la reina”- comenzaron a propalar la afirmación de que Isla Calero es territorio nicaragüense. Ello no obstante que existe evidencia abrumadora en el sentido de que los acuerdos vigentes, la cartografía universalmente aceptada y la práctica histórica han reconocido, por más de un siglo, que es territorio tico.
El gobierno de Laura Chinchilla reaccionó frente al problema con evidente lentitud. Cuando Pastora y sus muchachos hicieron la primera incursión en territorio costarricense, tanto el canciller como su vice estaban fuera del país…y en aquellas lejanas tierras se mantuvieron por muchos días más, mientras el conflicto pasaba de rosado a rojo. Hubo algunas desafortunadas salidas públicas del Ministro de Seguridad y una visible invisibilidad de la Presidenta. Al cabo canciller y vicecanciller volvieron a sus respectivos despechos, lo cual no es mucho decir, puesto que uno y otro no son más que un par de advenedizos en asuntos diplomáticos.
Ha sido, literalmente, una operación de “acomodar las cargas en el camino”. Imagino que se habrían procurado algunas asesorías más calificadas y de mayor kilometraje de modo que, finalmente, el gobierno de Costa Rica empieza a articular una respuesta decente.
2. Mear fuera del tarro
Desde cierta izquierda (de suyo maniquea y medio paranoica) el tema recibe el tratamiento que era de esperar: todo queda reducido a una enorme conspiración que el gobierno de Costa Rica ha urdido en connivencia con el Departamento de Estado. Eso también lo repiten intelectuales vinculados a la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez (me consta, a propósito de cierto libelo insultante escrito por un cierto “politólogo internacionalista” venezolano).
Para resultar convincente, esta hipótesis conspirativa debe, primero que nada, explicar por qué el problema se inicia con una incursión en territorio tico comandada por Pastora. Ello supondría que el propio gobierno nicaragüense –o al menos el mencionado farandulezco personaje- estaba en la jugada y se habría prestado a la treta. Desde luego, esto resulta un perfecto absurdo, sobre todo cuando fácilmente se constata que, en todo esto, el gobierno de Chinchilla no solo ha tenido un papel puramente reactivo, sino que, además, esa reacción ha sido lenta y tardía.
Otra hipótesis conspirativa, también surgida desde esa izquierda maniquea, es que esto es un pretexto urdido por Chinchilla y la oligarquía criolla a fin de justificar la militarización e, incluso, el restablecimiento del ejército en Costa Rica. Clarísimo que la señora Presidenta no es un dechado de coherencia en esta materia. La forma como ella promovió que se aprobase el despliegue en Costa Rica de 7.000 marines estadounidenses y no sé cuanto equipo militar, constituye sin duda una enorme mancha en su currículum pacifista y en sus atestados patrióticos (aunque, según se ve, en la práctica han manejado el asunto con innegable prudencia).
Sin embargo, y por esta vez, habría que reconocerle a la Presidenta que, una vez que se hizo visible y se puso al comando de la crisis, su discurso y su planteamiento, como en general la forma como su gobierno está manejando la situación, claramente favorecen la búsqueda de salidas pacíficas y negociadas. En particular, Chinchilla ha procurado dirigirse, en forma respetuosa y conciliadora, a la numerosa población migrante nicaragüense que vive en Costa Rica (alrededor de un 12% del total de la población que habita el país). Sin duda, Chinchilla ha sido mucho más ecuánime que buena parte de la prensa nacional, e incomparablemente más sensata que ya el desatado señor Ortega.
3. Tan solo un corrupto tiranuelo
Pasadas las semanas, y conforme la intransigencia del gobierno de Ortega se endurece más y más, el asunto, creo, dejó de ser un conflicto por un pedazo de tierra. Incluso pasa a segundo plano el hecho bien documentado de que las acciones del ejército nica en tierra costarricense está implicando graves daños al medio ambiente (otro asunto donde la administración de doña Laura no exhibe un palmarés precisamente impecable, vista su tolerancia con el nefasto proyecto de minería a cielo abierto en Crucitas).
Ya a estas alturas el tema degradó en un asunto de manifiesto irrespeto y clarísima agresión por parte del gobierno de Ortega. Pero irrespeto y agresión hacia el pueblo costarricense, mucho más que al gobierno de Laura Chinchilla.
Para entenderlo, quizá sea necesario recordar los antecedentes del señor Ortega y la forma cómo logró retornar a la presidencia de su país. Sabemos que fue líder de la revolución sandinista que, en 1979, derrocó al dictador Somoza. De seguro Ortega no querrá recordarlo, pero el caso es que por entonces el pueblo de Costa Rica dio su más plena y activa solidaridad y apoyo a aquella lucha. El showman Pastora, en particular, fue cálidamente acogido en hogares ticos. Al respecto, él seguramente alegará amnesia.
Luego vino la guerra de los Contras, financiada por el gobierno de Estados Unidos. El gobierno de Monge (1982-1986) puso a jugar a Costa Rica en una difícil cuerda floja: de un lado su alianza con Estados Unidos; del otro, el esfuerzo por impedir el involucramiento directo del país en aquella guerra. En términos generales lo logró. Vino luego Oscar Arias (1986-1990) que, con maquiavélica habilidad y mayor ambición, hizo de la pacificación de Centroamérica la plataforma que lo llevaría a la obtención del Nobel de la Paz.
Como consecuencia de los acuerdos de paz, vinieron en 1990 las elecciones en que Ortega disputó con Violeta Barrios la presidencia de Nicaragua. Recuerdo que, por entonces, todas las encuestas vaticinaban un triunfo aplastante de Ortega. La realidad fue otra: Barrios fue la ganadora. Ello dio para diversas especulaciones. Se decía, por ejemplo, que el pueblo nica –inteligente y sagaz- ocultaba su verdadera intención de voto a fin de burlar los múltiples mecanismos de coacción a los que recurrían Ortega y su gente.
Se dio por entonces la famosa “piñata” que, puesto en sencillo, consistió en repartir, antes de salir del gobierno, todo lo que se podía repartir. De tal forma, algunos de los antiguos comandantes de la revolución –Ortega el primero- dejaron su vida resuelta: en adelante ninguna preocupación económica causaría desasosiego a sus noches.
Por años, la “piñata” fue motivo de alejamiento de Pastora, quien criticaba acremente –incluso aquí en este territorio tico que siempre le fue hospitalario- la corrupción de sus antiguos jefes. Parece que luego las desavenencias fueron satisfactoriamente aplacadas de forma que, hoy por hoy, el showman del cuento ha devenido sumiso servidor del comandante-potentado. No ha de haberle ido mal en el proceso de sutura y cicatrización de las viejas heridas.
Luego de varios infructuosos intentos, a Ortega finalmente se le hizo ¡volvió a ser electo Presidente de Nicaragua! Un manto de impunidad cubre las acusaciones de abuso sexual por parte de su hijastra. Por otra parte, son conocidísimos sus penumbrosos contubernios políticos con el corrupto ex presidente Alemán (la corrupción ha de haber sido eficaz lubricante que facilitó la mutua “compenetración”). Aconteció además que el hombre se hizo piadosísimo católico y, como con Pastora, también logró que restañaran viejas heridas que lo distanciaban de la cavernaria cúpula de la Iglesia Católica. Hoy, la reaccionaria jerarquía católica nicaragüense y el señor Ortega son lo que la uña a la mugre.
Elegido presidente, su gobierno devino aliado cercanísimo de Chávez y su revolución bolivariana y su socialismo del Siglo XXI. Entonces, y a propósito de esta trifulca con Costa Rica, Chávez ha devenido sostén principal del gobierno de Ortega ante la OEA. Es asunto de escuchar al respectivo embajador venezolano; así tan flemático y cariacontecido, con ese su discurso irónico y descalificante.
Se trata, claro está, de una mezcla que no hace mucho tiempo parecía imposible, pero que, espléndida, hoy se nos ofrece como un caso digno de arrobada contemplación. Ortega es un presidente de izquierda, que pacta con la derecha más corrupta, consulta sus decisiones con la caverna episcopal y maneja negocios personales en dólares y con muchos ceros a la derecha. Hacia dentro es aliado carnal de Alemán, en la misma proporción en que hacia fuera lo es de Chávez.
En breve: el derrocador de Somoza ha devenido obsecuente depositario de su legado. Así son las vueltas que da la vida. Y, como Somoza en su momento, se muestra groseramente irrespetuoso con el pueblo costarricense.
4. Pero, por sobre todo, somos hermanos
Lo de Isla Calero en Costa Rica resultó entonces que ni caída del cielo. Que el hombre no quiere ser menos que su papá Chávez, y si este considera que veinte años no son suficientes para su revolución, pues Ortega estima que cuando menos él debería estar quince en la presidencia nicaragüense.
Y así, y por juzgar que ello le conviene a sus ambiciones de tiranuelo corrupto, Ortega puso a su sirviente Pastora al comando de un contingente militar que está instalado en territorio costarricense. Sin la menor duda, hay violencia sobre la integridad territorial de Costa Rica pero, a estas alturas, ya eso es secundario. Es que la arrogancia e intransigencia de este tipo son ofensivas y, sobre todo, humillantes. Ofensivas y humillantes para el pueblo de Costa Rica. He ahí lo realmente patético y lamentable de esta situación. Se está violentando territorio tico, pero, sobre todo, se está violentando al pueblo tico.
Pero lo más triste es que este conflicto estúpido que Ortega inventó, y que insiste en alimentar y engordar, está suscitando expresiones de xenofobia a ambos lados de la frontera. Pero sí hay una diferencia que conviene señalar: Ortega, exaltado y fuera de sí, atiza directamente la hoguera; Chinchilla se ha mostrado comedida y serena.
De una cosa no tengo duda: ese pedazo de tierra –ni mucho menos los siniestros intereses que mueven a Ortega a atizar este conflicto- no ameritan la vida de un solo tico ni de un solo nica. Por ello reconozco y aplaudo el esfuerzo del gobierno de Chinchilla en su búsqueda de una solución pacífica y negociada labrada a través de los mecanismos de la diplomacia.
Y, entretanto, buscaré reafirmar la relación de aprecio, respeto y amistad que me unen con muchos nicaragüenses que viven en Costa Rica: con Marvin, que cada noche se gana la vida lavando autobuses de la línea de Guadalupe; con Ángela, mujer luchadora y abnegadísima madre de Jimena y Jacó; con Adrián, con ese su esmero en el cuido de los jardines de la UNED; con Mara, tan inteligente y trabajadora; con Luis, fino y preciso en su trabajo de reparación de electrodomésticos; con Francisca, luchadora incansable.
Hermanos y hermanas somos. Y ningún dictadorzuelo corrupto, demagógico y mentiroso podrá jamás malograr los lazos de aprecio y solidaridad que nos unen.
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