
Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)
En la resolución final de la cumbre del G-20 dada a conocer el 2 de abril, la retórica sirve para maquillar el hecho básico de que el capitalismo mundial continúa sin lograr acertar con alguna solución de fondo y duradera frente a la crisis económica. Hay que reconocer, sin embargo, que sus alcances son mayores de lo que se preveía y que, además, en algunos aspectos se toca el terreno minado de los grandes intereses financieros globales. Pero la verdad es que ni siquiera se mencionan los problemas realmente fundamentales, como igualmente es claro que hay considerables márgenes de indefinición en lo poco que se dispuso.
Sin duda se superó lo inicialmente propuesto por Estados Unidos y Gran Bretaña. Ambos apostaban por una agenda centrada en el estímulo fiscal. En lo que al primero se refiere, esa posición resultaba coherente con lo que viene haciendo Obama. Su política fiscal es ampliamente deficitaria (para este año el déficit podría exceder del 10% respecto del PIB), y en algunos aspectos mira a la izquierda ya que, entre otros, concede renovada importancia a la inversión en salud y educación. Pero, en cambio, los gravísimos problemas del sistema financiero están siendo manejados a la medida de las conveniencias de los grandes intereses bancarios y especulativos. El plan de rescate financiero que días atrás anunció el Secretario del Tesoro Geithner lo ratifica con claridad. Constituye una operación masiva de transferencia de recursos desde el bolsillo de la gente hacia las bóvedas de los grandes bancos y las chequeras de los especuladores. Literalmente se premia con absurda largueza su terrible ineptitud e irresponsabilidad.
En la declaración hay algunos componentes de orden fiscal junto a resoluciones al parecer orientadas a establecer una nueva regulación de los sistemas financieros mundiales. En la retórica hay una censura –casi una condenatoria- contra los abusos y excesos de la especulación financiera. En las medidas concretamente formuladas lo avanzado es sustancialmente menor, puesto que, en lo fundamental, se sigue apostando por regulaciones de base nacional, no obstante que, como es obvio, la especulación financiera constituye un negocio planetarizado.
El estímulo fiscal movilizaría recursos por US$ 1,1 millones de millones. En su mayor parte (750 mil millones) serían canalizados por medio del Fondo Monetario Internacional (FMI). Quedan en el aire varias dudas. Primero, ¿se cumplirá con estos compromisos financieros? No sería la primera vez que las potencias capitalistas olvidan compromisos firmados. Segundo, ¿será un monto suficiente para al menos frenar el deterioro galopante de la economía mundial? Probablemente no. Tercero, entregar esos dineros en manos del FMI es encargarlo a un administrador que mil veces ha dejado en evidencia su incapacidad, así como la extrema arbitrariedad y torpeza con que ejerce sus funciones. Así pues, no se atisban perspectivas halagüeñas.
Por otra parte, la declaración es abundante en retórica de libre comercio, tanto como es omisa respecto de cualquier noción –ni siquiera la más básica- de comercio justo. Con lo cual, por cierto, se reafirma la sobrevivencia de retazos importantes de la liturgia neoliberal de los últimos 30 años.
Pero, la verdad, todo lo anterior no pasan de ser detalles accesorios. Simplemente acontece que los problemas realmente fundamentales fueron ignorados. En particular dos asuntos cruciales.
- Si el capitalismo pretende estabilizarse necesita con urgencia dar lugar a una suerte de nuevo “pacto social”, que logre alguna mínima compatibilización entre los intereses del capital transnacional, y los del resto de la gente, incluyendo los capitales pequeños y medianos de base nacional, los estamentos medios y las clases trabajadoras. También debe redefinir el papel de lo público así como los espacios económicos nacionales, regionales y mundiales, a fin de restituir condiciones mínimas de regulación de los mercados y las inversiones. Un pacto de ese tipo dio base al capitalismo fordista de la segunda posguerra. El nuevo pacto no podría ser igual, y ni siquiera similar, porque muchos factores importantes han experimentado cambios significativos. Son otras las industrias dinámicas y otras las tecnologías de punta, y éstas, a su vez, han tenido impactos importantes en la organización de la producción y en las relaciones sociales. Además, la transnacionalización de las inversiones y la mundialización de las finanzas alcanzan hoy día niveles de desarrollo muy superiores. Pero, de cualquier forma, ese pacto tendría que garantizar una condición mínima indispensable: un nuevo reparto de la riqueza sin el cual es imposible que el sistema recupere las tasas de crecimiento económico que requiere para sostener su viabilidad y legitimidad.
- También se requiere una refundación integral de los sistemas financieros mundiales. Una condición indispensable para eso es la institución de una nueva moneda mundial en lugar del dólar. Ello principalmente por dos razones. Primero, la dualidad del dólar –moneda nacional de Estados Unidos y divisa universal- ha permitido financiar los grandes déficits de la economía estadounidense como también sus aventuras imperialistas y, por esa vía, ha generado una liquidez mundial tumultuosa y caótica. Ello está a la base de la hipertrofia financiera y, por lo tanto, de la espiral especulativa que hoy tiene al sistema al borde de la bancarrota. Pero, además, el dólar es hoy una moneda inviable –asediada por deudas gigantescas y una abundancia enfermiza- que se sostiene tan solo porque a nadie le conviene su colapso. Con un agravante: ninguna otra moneda –tampoco el euro- tiene ni la más remota posibilidad de sustituirlo. Todo ello significa una cosa: que el sistema financiero mundial –y por lo tanto la economía mundial
- están sentadas sobre un barril de pólvora. Si alguien comete una imprudencia y prende un cerillo podría provocar una catástrofe económica global.
El nuevo pacto social y la refundación de los sistemas financieros son condiciones tan necesarias como improbables y complejas. Concretarlas supone tocar intereses simplemente colosales: los del capital transnacional -incluyendo el financiero-especulativo- y los de los propios Estados Unidos como superpotencia hegemónica y poder imperial. Pero de no hacerlo los problemas de fondo subyacentes a la crisis económica no se habrán resuelto. Sin olvidar, por supuesto, las crisis ambiental y energética.
El G-20 no menciona nada de esto. En ese sentido la declaración emitida ofrece notable evidencia como testimonio de la miopía y de la incapacidad de respuesta del capitalismo mundial actual.
Miopía que hace manifiesto que los intereses dominantes en este momento de crisis siguen siendo, en lo esencial, los mismos que prevalecían durante la fase de auge previa. Por ello tan solo recetan una aspirina para la neumonía.
Pero sobre todo se evidencia incapacidad de respuesta frente a los inmensos problemas que entrampan el sistema.
En conclusión: más allá de la actual aguda recesión, las perspectivas son de una larguísima y dolorosa crisis sistémica.
Ver también:
- Facetas de la crisis económica mundial (II): ¿Una crisis cíclica?
- Facetas de la crisis económica mundial (I): El proteccionismo
Foto: Imagen oficial de la cumbre del G20 en Londres. / Autor: Presidencia de la Nación
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